Maldita la paciencia

Por: Angel Galeano Higua

Hace 25 años partió Francisco Mosquera y se me dio por leer de nuevo Maldita la paciencia, que escribí para EL PEQUEÑO PERIÓDICO a propósito de las circunstancias en que lo conocí. Me asombra recordar con tanta claridad aquel viaje por los ríos Magdalena y Cauca para ir a la Serranía de San Lucas. Y me asombra por el objetivo de aquel viaje y el espíritu constructivo, el deseo de ayudar de auténtico revolucionario. Durante aquella jornada Mosquera irradiaba alegría, optimismo y sus discursos fueron apasionados y de gran vuelo sublime. Le habló a los campesinos delegatarios del Sur de Bolívar, pero también a “los decalzos” que estaban allí. Soñó en voz alta con un nuevo país y yo tuve la fortuna de grabar sus palabras, no sólo en mi pequeña grabadora portátil de entonces, sino también en mi memoria. Luego intenté reconstruir aquella experiencia y aunque no pude, ni podré hacerlo como debiera ser, algo quedó plasmado en Maldita la paciencia. Ese es el problema con las palabras, no dejan expresar con plenitud la vida vivida. Quizás debiera haber sido artista para intentarlo con una pintura, una sonata o un poema… Pero para mi desgracia, adolezco de esos atributos.



Hicimos un alto en Guaranda, en la fonda de la “Niña” Colombia, refrescamos nuestra garganta y descansamos, y hasta nos tomamos una fotografía. Al otro lado del río Cauca, el Cerro Corcovado se erguía imponente anunciando mayores alturas al Sur. Francisco Mosquera vestía bluyín y una camisa blanca de manga corta, apropiada para soportar los 38 grados de temperatura. De vez en cuando se ponía un sombrero de palma para protegerse del sol. Al bajar de la chalupa, su primer comentario se refirió a los alegres colores de los afiches electorales del Frente por la Unidad del Pueblo, FUP, que se hallaban pegados en las casas de madera del puerto. La dueña de la fonda se asomó un poco recelosa, pero al ver a Alejandro Acosta se alegró y salió extendiendo sus brazos para saludarlo. ¿Cómo va el viaje? Luego nos miró a todos con atención. A ver, Alejo, ¿cuál de ellos es la cabeza?, ¡anda, preséntamelo! Al estrechar la mano de Mosquera, la “Niña” Colombia guardó silencio y lo miró a los ojos. Bienvenido, le dijo. Sigan, ¿qué se toman?

Roberto Giraldo accionó la cámara y en la fotografía quedó Francisco Mosquera, Alejandro Acosta, Julio Castellanos, Felipe Escobar y yo, sentados alrededor de una mesa sobre la cual aparecen varios envases de gaseosa. Al fondo, el río y una cadena de montañas que Mosquera miraba como a un preciado sueño. En ese momento apareció un niño en la orilla llevando sobre sus hombros una sarta de pescados recién atrapados en el río. Mosquera fijó sus ojos en él e invitó a Felipe a que tomara varias fotografías del pequeño. “Ese es uno de los problemas de Tribuna Roja –dijo–, le faltan fotografías que muestren la vida del pueblo y sus luchas, como la de este niño. Una fotografía así tiene mucha fuerza. Mírenlo”. El niño iba descalzo y sonrió al vernos.



Una hora después retomamos el hilo e íbamos en mitad del río, cuando la chalupa encalló en un playón inesperado. El motor se ahogó y todos nos agarramos del borde de la embarcación para evitar que nos arrojara violentamente. El chalupero nos explicó que no necesariamente la mitad del rio era la parte más profunda y que aquel playón se debía a que la creciente arrastraba grandes cantidades de lodo. Entonces, Mosquera hizo una broma: dijo que había a punto de tirarse al río pensando que era un asalto. “¿Qué tal que me hubiera tirado al agua?, me habría roto la cabeza”. Todos reímos. Con el agua un poco más debajo de las rodillas, el chalupero levantó la hélice del motor y luego empujó la embarcación hasta ganar de nuevo la profundidad del río.

Proseguimos la ruta abierta un siglo atrás por Joaquín y Valentina y a mitad de la tarde atravesamos la Ciénaga Grande. Un poco antes de la Boca de México entramos en la quebrada de Montecristo, adornada de orilla a orilla por una vistosa pancarta de bienvenida, que los dirigentes de la Unión Campesina Independiente de Bolívar (UCIB), habían colocado allí. La quebrada de aguas cristalinas, zigzagueante como un látigo, nos condujo poco a poco hasta el poblado de Montecristo, en las estribaciones de la Serranía de San Lucas, donde un comité de dirigentes campesinos del Sur de Bolívar, Sucre y Magdalena, y dos decenas de cuadros moiristas, entreverados con los niños, salieron a recibirnos. Alrededor de Mosquera rápidamente se formó un corrillo. Todos querían saludarle y él estrechaba las manos con jubilosa ansiedad.

Al caer la noche, Lácidez Benítez, presidente de la UCIB, instaló el evento tal como estaba programado y luego invitó a Francisco Mosquera para que pronunciara el discurso de apertura. “Para mí, dijo Mosquera, es motivo de inmensa satisfacción haber podido venir hasta este lugar apartado del país para acompañarlos en esta reunión donde se han de debatir los problemas que más aquejan al campesinado de la región y de todo el país”. “Vengo en representación del Moir, un partido nuevo que escasamente tendrá 15 años de existencia, y que en su corta vida ha tenido que librar una batalla constante contra los dos partidos tradicionales que en el país llevan más de 150 años gobernando. ¿Por qué hemos tenido que crear un partido diferente? Sencillamente porque, a pesar de estos dos viejos partidos han controlado al país por tanto tiempo, el balance que hoy le presentan a la República es de un fracaso total. Ninguno de los aspectos claves del país funciona: ni la producción, ni la cultura, ni la agricultura, ni las comunicaciones, ni la moral. Colombia necesita una industria próspera, comunicaciones fáciles, baratas, necesitamos un agro avanzado, necesitamos escuelas. Pero para eso tenemos que eliminar los obstáculos del atraso: la dominación extranjera y la explotación terrateniente, la extorsión de la gran banca y los parásitos que medran en la maquinaria del Estado. Todo el producto del trabajo nacional se dilapida, no nos queda absolutamente nada. Por eso tenemos que librar una batalla gigantesca para que las riquezas naturales, los medios de producción, y entre ellos la tierra, pasen a ser propiedad del pueblo. Cuando logremos tener en nuestras manos el poder, tendremos que empezar a construir con nuestro trabajo y nuestro esfuerzo, una nación diferente. Esto parece un sueño inmenso. Pues para la realización de este sueño es que un puñado de hombres y mujeres hemos construido un partido diferente que se llama Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario. Sin embargo, esta tarea no la podemos llevar a cabo un puñado de personas. Nos llamamos “movimiento obrero”, pero esto significa simplemente que los obreros de los grandes centros industriales de las ciudades son el sector más avanzado y más organizado del pueblo, porque están en los frentes de producción más desarrollados, porque tienen un nivel cultural mayor, porque tienen una ideología propia. Pero no quiere decir esto que el país pueda alcanzar las metas históricas que ha de proponerse, sin el concurso del resto de la población colombiana, principalmente del campesinado. Si no conseguimos estrechar una alianza efectiva, real, carnal, entre los obreros y los campesinos, no podremos llevar a efecto ninguna de las tareas que grosso modo he enumerado”.

Debemos trabajar por la felicidad del pueblo



Luego dijo que en Colombia se han hecho muchos intentos por organizar al pueblo, esfuerzos de sectores diferentes a los partidos tradicionales y que aunque en estos intentos se han logrado algunas cosas, en la mayoría el propósito ha resultado fallido.



“Nosotros somos un intento, pero más consciente y organizado… Necesitamos crear una gran corriente en el campesinado que sea independiente. Es clave que sea independiente, es decir, que pueda decidir sus cosas por su propia cuenta, democráticamente, sin que tenga que pedirle permiso a nadie y mucho menos a los explotadores. Necesitamos que el campesinado mejore sus condiciones de vida para que pueda luchar por la transformación del país, porque un pueblo empobrecido, sin medios ni siquiera para la subsistencia, termina por sumirse en la dejación, en el abandono, le faltan bases materiales y morales para ponerse a plantear los problemas internacionales y fundamentales del país. Por eso, uno de los esfuerzos gigantescos que tiene que hacer la UCIB, a mi manera de ver, es el relacionado con el mejoramiento de la calidad de vida de los campesinos. Yo creo que es posible, incluso bajo el régimen actual, tratar de mejorar un poco los ingresos de los campesinos. El mejoramiento del estándar de vida del campesinado tiene que ver con muchas cosas, principalmente con la producción, pero la producción tiene un obstáculo y es el mercadeo. ¿Qué sacamos con producir y recoger buenas cosechas, si no tenemos a dónde llevar los productos? El fruto, las ganancias, se las llevan los comerciantes, los terratenientes, los que viven a costa del campesinado. En estas regiones tan atrasadas y tan apartadas del país todo el mundo vive del trabajo de los campesinos, porque ellos son en realidad los únicos que producen bienes materiales. Los burócratas, los abogados, los comerciantes, todo el mundo vive del campesinado. Por eso, si el campesinado es capaz de plantearse el problema del mercadeo a través de las cooperativas, de mejorar la producción, de eliminar algunos intermediarios, de estudiar cuáles son los productos fundamentales que debe producir para llevar a los centros de consumo, si es capaz de plantearse esto puede también crear sus cooperativas y resolver el problema del almacenaje y el transporte. Estoy hablando de una serie de cosas que son muy difíciles de realizar, lo acepto. Esta noche he hablado de cosas casi imposibles, pero no tenemos más remedio que, como dije ya, continuar la batalla. Si yo no estuviera convencido de que estas tareas, desde las históricas, hasta poner a funcionar las cooperativas campesinas de la UCIB, y de todo el país, yo no hubiera venido esta noche a Montecristo a hablarles… Siempre piensa uno que son más grandes los obstáculos que nuestras fuerzas, pero si logramos profundizar en la raíz de los problemas y resolvemos el gran asunto de la unidad nacional, especialmente de la unidad obrero-campesina, creo que podremos arrasar con todos los obstáculos que se han interpuesto durante tantos años a la felicidad y a la prosperidad del pueblo”.

El manejo escrupuloso de las cooperativas beneficiará a los campesinos





Los aplausos brotaron de aquel cobertizo y echaron a volar en la noche hasta alcanzar las encumbradas montañas de la Serranía. Acto seguido se nombraron las comisiones de trabajo que sesionarían el día siguiente: Las Ligas campesinas, Cooperativas, La mujer campesina y la cuestión cultural. Para terminar, el grupo de danzas de Montecristo bailó una cumbia con velas encendidas, y Arcenio Meneses rasgueó su guitarra tocando tres de las canciones con que había recorrido la región para recolectar fondos para construcción de un puente. “Pido un privilegio, dijo Mosquera, pido que el grupo de danzas baile otra pieza más”. Entre aplausos y hurras, las chicas de pollera roja y los chicos de sombrero blanco, salieron al improvisado escenario y bailaron La piragua, de José Barros. Una hora después descansábamos y el ruido de la planta eléctrica se calló y todo quedó en silencio y a oscuras. Al día siguiente, más de un centenar de delegados campesinos, la mayoría venidos de lugares distantes hasta tres días de camino, sesionaron en las comisiones. Al tercer día, muy temprano, los relatores presentaron las conclusiones de cada comisión.

Francisco Mosquera habló en representación de la comisión de cooperativas:

“Julio Castellanos ha dicho que para poder negociar necesitamos volumen y continuidad. Eso significa que para competir debemos tener bodegas en Magangué. Por eso no podemos repartir utilidades. Necesitamos que nuestros vendedores estén en condiciones de cumplirles a los compradores”. “La otra experiencia es al especialización. Por ejemplo, la contabilidad. Llevar la contabilidad en una tienda que vende $10 mil mensuales es fácil. Eso cualquiera lo lleva. Pero si se mueve un millón, o dos o más, y varían los productos y hay créditos y cosas en las que se gana y en las que se pierde, entonces ya se necesita un contabilista (…)”. “Claro que estoy hablando para una época futura. Yo estoy ensillando sin haber traído las bestias, pero es bueno hablar de esto. ¿Por qué? Porque tenemos que plantearnos la meta ideal, así no la hagamos nunca, porque además de ser la meta, es nuestra orientación política”.



“Necesitamos muchos Julitos en todas partes… No se preocupen porque no están haciendo política. Dejen que la política la hagan los políticos. Ustedes vendan y compren con ganancia siempre, en beneficio del campesino”.

“Otra experiencia. Un compañero preguntó: ¿Cómo los precios suben y bajan, ¿ustedes qué hacen?, ¿qué precio le ponen al plátano? La inquietud la resolvemos de la siguiente manera: el precio lo regula el mercado, pero nosotros siempre vendemos por debajo del precio del comerciante. Esa es nuestra gracia. Estamos probando que sí se beneficia al campesino. Pero de todas maneras ese precio fluctúa. ¿Qué pasa si la cooperativa compra plátano a un precio y al llegar a Magangué es más barato? ¿Lo baja o no lo baja? La respuesta es que la cooperativa debe correr con todas las suertes de las oscilaciones del mercado. Es decir, hay pérdidas y ganancias, pero al campesino se le debe garantizar una cosa: que la cooperativa le paga de manera estable. O sea, los riesgos del mercado los asume la cooperativa”. “Esto es lo nuevo… la cuestión del mercadeo. Funcionar con especialización, con conocimiento de la materia. Hay que librar una lucha ideológica y política para aclarar estos problemas. Romper las resistencias del campesinado, por ejemplo, con el manejo escrupuloso de las cooperativas. Esto es clave. Si nosotros ponemos administradores que no son escrupulosos, que mezclan las platas, que no llevan contabilidad de manera rigurosa, pues se pierde la credibilidad y el campesinado no respalda la cooperativa y echaremos todo a perder”.

Mosquera o la desaforada curiosidad



Fue durante aquel encuentro campesino, celebrado en diciembre de 1982, cuando Beatriz Velásquez tuvo la feliz idea de enseñarle a Francisco Mosquera su colección particular de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y él, después de hojearlo y ojearlo, me pidió que le obsequiara una colección. Luego la emprendió con preguntas de toda índole: que cuánto hacía que existía el periódico, que dónde lo imprimíamos, que quiénes lo escribían, que cuánto valía un aviso, que cómo lo distribuíamos, etc. Parecía un chiquillo y esa actitud de desaforada curiosidad nos envalentonó y le contamos todo. Le impresionó ver un periódico de ciencia y arte como el nuestro, con secciones dedicadas a la vida de los pobladores del Sur de Bolívar circulando por aquellas regiones tan apartadas. Animado por sus comentarios me atreví a pedirle un reportaje.



Sí, le dije, una entrevista que muestre la parte humana del intelectual revolucionario, sus lecturas y gustos artísticos, su visión sobre el amor y la guerra, su personaje favorito, la virtud que más aprecia en un ser humano, lo que más aborrece de un hombre… Sonrió y me preguntó que para qué. Le repliqué que no sólo su pensamiento político era valioso, sino también su vida cultural, lo que lee, cómo ve el desarrollo de la ciencia, de la educación y el arte en un dirigente como usted es importante para muchos compatriotas. Después de un tire y afloje se comprometió a enviarnos un artículo sobre arte, literatura y periodismo, exclusivo para EL PEQUEÑO PERIÓDICO, artículo que yo veo muy remoto porque cuando nos hemos vuelto a ver me pide más tiempo, ya que la lucha política lo absorbe por completo, sobre todo ahora que ha terminado de escribir el libro autocrítico, Las caóticas implicaciones del “Sí se puede”.

El regresar del encuentro, emocionado por la tonalidad rojiza del cielo al caer la tarde sobre el río Magdalena, nos contó que tenía un telescopio en su residencia con el cual estudiaba las estrellas. Nos explicó cómo le cambiaba los filtros a la lente para poder ver la luna y el sol. Señalando las nubes arreboladas dijo “Es el corrimiento al rojo”. Mosquera iba muy animado. Consideraba un verdadero éxito los resultados del III Encuentro de la UCIB, puesto que se había aprobado la centralización de las pequeñas cooperativas dispersas por el Sur de Bolívar en una sola y la política de no repartir las utilidades, es decir, capitalizar para consolidar la empresa. Poco a poco, la conversación fue tendiendo hacia otros tópicos y yo aproveché para preguntarle muchas cosas relacionadas con temas culturales…

Amante incondicional de los Clásicos



“William Shakespeare ha sido mi mejor maestro de historia inglesa”, respondió Mosquera a una de mis inquietudes. Se refirió a la genialidad de Shakespeare para esculcar el alma humana, la forma de mostrar la lucha del hombre por el poder, poniendo al descubierto sus pasiones, la capacidad de intriga y cinismo propios de las clases decadentes, específicamente de la monarquía inglesa. A raíz del montaje de Rey Lear y otros dramas de Shakespeare por parte del Teatro Libre de Bogotá, Francisco Mosquera debió estudiar a fondo la obra del dramaturgo de Stratford y sostuvo intensas reflexiones con el director y los actores de este importante grupo de teatro.



De Shakespeare no sólo ha extraído enseñanzas históricas, sino también de estilo literario. Pero Balzac es tal vez el novelista que más admira. “Para conocer gran parte de la historia de Francia, basta leer a Balzac. Él muestra la lucha de los campesinos franceses y las crisis económicas y sociales. Su talento le permitió adelantarse a su época”. Le llamaba la atención que siendo un aristócrata, Balzac produjera obras tan revolucionarias como la Comedia Humana y festejaba la originalidad balzaciana en La piel de zapa. Sostenía que un buen escritor debía conocer todos los nombres de las cosas.

También leía con mucho esmero a Goethe, sobre todo su novela Fausto, de la cual se refirió al pasaje en que el protagonista maldice la esperanza, maldice la fe y maldice sobre todo a la paciencia. Ya en Magangué, durante una conversación en el Centro Médico de Especialistas, a propósito de la modestia en los revolucionarios, volvió a citar al escritor alemán: “La modestia es una virtud de pelagatos”, dijo en forma tajante. Consecuente con su admiración por los clásicos, como buen discípulo de Marx, habló de Dante Alighieri: “Es el más grande de los poetas italianos, dijo. Lo que más me gusta de Dante es que haya puesto en el Infierno a todos sus enemigos políticos y que lo haya hecho con poesía”. Conocía muy bien la Divina Comedia y sabía de la vida de su autor. En cuanto a la literatura española, consideraba a El Quijote como la obra más encumbrada escrita en nuestra lengua. ¿Qué importancia tiene para usted el hecho de escribir”, le pregunté. “Escribo porque necesito decir lo que pienso”. ¿Cuántas cuartillas escribe cada día? “En promedio, escribo una”.

He recogido en este breve y desordenado escrito una cuantas cosas de aquella conversación. Destellos de una gran luz. Siempre, en cada uno de los instantes de aquel viaje, dio muestras de ser un excelente conversador, crítico incisivo, capaz de guardar silencio para escuchar a los demás. No se detenía en nimiedades y de todo extraía enseñanzas. Como lo hacen los verdaderos maestros. Después de aquel viaje por el río, nunca he abandonado el propósito de escribir la biografía de este gran maestro, gran camarada y gran amigo, no sólo en su rol de intelectual revolucionario marxista leninista, estudioso del pensamiento de Mao Tsetung, sino en el del hombre común y corriente que siente, que tiene sus gustos e incertidumbres, capaz de amar y sufrir. Francisco Mosquera sigue debiéndome la entrevista. Cada vez que lo veo se lo recuerdo, pero él dice que aguarde un poco más, que un día de estos va a robarle tiempo a la política para concederme el reportaje. “Mientras tanto, me dijo hace cuatro meses, pongámonos en la tarea de volver a leer el libro de Edgar Snow, China, La Larga Revolución. Me gusta ese estilo y nos puede servir de guía”.

Magangué, Noviembre de 1984

Medellín, Enero de 1990

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* NOTA: Francisco Mosquera murió en Bogotá el 1 de Agosto de 1994, a la edad de 53 años. Seis meses antes de partir aceptó concederme la entrevista, pero ya el tiempo no nos alcanzó.

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Tomado del libro Navegantes de la utopía, Ángel Galeano Higua, Fundación Arte & Ciencia. 1997