El primer año de Petro según El Tiempo

El Alcalde de Bogotá se ha hecho visible más por sus polémicas que por sus logros, que también los hay. El reto para el 2013, sin duda, será recuperar la confianza de la gente.

Hace un año los bogotanos estaban expectantes por la llegada de un nuevo gobierno de izquierda a la ciudad. El tercero en línea. Venían de vivir la amarga experiencia del Polo Democrático –con Samuel Moreno a la cabeza– y se refugiaban en la esperanza de que esta nueva carta, la del llamado progresismo, si bien incierta, por lo menos les devolvería la fe y la confianza perdidas.

A juzgar por los sondeos de opinión, no ha sido así. El nivel de orgullo de los bogotanos sigue en picada, la imagen del alcalde Gustavo Petro registra un preocupante índice de desfavorabilidad y hay un clima generalizado de confusión e incertidumbre, fruto de un modelo de ciudad que siempre ha lucido bien en la teoría, pero que no consigue plasmarse en la realidad.

En efecto, difícilmente se puede estar en desacuerdo con una ciudad que se plantea en términos de sostenibilidad ambiental, compacta, menos segregada y donde los ricos paguen más para que los pobres sufran menos. Pero, un año después, no hay asomo de que ese deseo que muchos comparten haya consolidado sus bases para sacarlo adelante, entre otras, porque se han ignorado el camino y las conquistas alcanzadas en el pasado.

Y buena parte de que esto sea así se debe al mismo Petro y su particular forma de gobernar, que no consigue conectarse con el grueso de la población y, a cambio, intenta granjearse el favor de los más desvalidos y polarizar innecesariamente la ciudad. Un estilo de gobierno que opta por señalar y confrontar antes que por explicar y corregir, que prefiere imponer antes que confiar. De ahí que no pocos críticos, incluidos los de izquierda, suelan recordar que el Alcalde sigue luciendo como un parlamentario ávido de polémicas y más preocupado por sacarse clavos.

De allí que los logros –que también los hay, debe reconocerse– parezcan opacos ante las sucesivas controversias que el burgomaestre genera. El mínimo vital del agua para los estratos 1 y 2 (más de 600.000 beneficiados), el subsidio al transporte público (unos 200.000 beneficiados), la baja en homicidios, el alivio del pico y placa, los programas masivos de vacunación, sus denuncias contra la corrupción y la filosofía que inspira el programa ‘basura cero’, entre otros, constituyen un arsenal de resultados que, irónicamente, Petro se ha encargado de opacar con sus señalamientos en otros frentes, muchos hechos al calor de un tuit.

Esa actitud puso en riesgo las relaciones con el Gobierno Nacional –hoy por hoy su principal aliado–, ese actuar terco y precipitado lo obligó a echar reversa en temas como el horario para los funcionarios públicos, el pico y placa para el transporte de carga y dejó sin continuidad la troncal de TransMilenio hasta el aeropuerto Eldorado.

Sin contar la recogida de palabras que hizo cuando tuvo que volver a contratar a los operadores privados de aseo para evitar la debacle en la implementación del nuevo esquema de basuras, que desnudó la falta de gerencia y rigurosidad técnica con que se actuó. Y esto nada tiene que ver con el loable propósito de hacer de este servicio un modelo de transparencia e inclusión de la población recicladora.

Se antoja, entonces, que el año que termina fue para Petro el del ensayo y error, y que, por consiguiente, el 2013 debería ser el de las ejecutorias. La movilidad, la seguridad, la dotación de vivienda digna y la generación de empleo siguen en la retina de los ciudadanos como deudas pendientes. Todos, temas que requieren una alta dosis de serenidad y sana discusión antes de tomar decisiones.

Pero, sin duda, el desafío mayor que tienen Petro y su equipo es recuperar la confianza de la gente para hacer común el sueño de una Bogotá mejor, sin distingos. Total, hasta ahora comienza el segundo año.

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